sábado, 26 de mayo de 2018

El Real Madrid gana su 13ª Copa de Europa ¡Hala Madrid!

El Real Madrid gana su 13ª Copa de Europa

El Real Madrid, el campeón de los 13 latidos
Final Champions League Real Madrid 3 Liverpool 1
Orfeo Suárez Enviado especial Kiev
26 Mayo 2018 

Muestra su idilio con el destino en una final en la que tiene de su parte el resurgir de Bale y las desdichas ajenas, especialmente los errores de Karius. Ser cronista del Madrid es uno de los mejores y los peores oficios. Por una parte, te permite convertirte en el escribano de los reyes del fútbol, actores de un imperio que niega el sino de todo imperio: la decadencia. Por otra, te frustra porque reduce los argumentos a la nada y se mofa de la razón. La conclusión es la misma que Neruda sacaba para el amor: el Madrid no se comprende si se mira, el Madrid se comprende si se siente, en Kiev como en Cardiff, en Lisboa como en Amsterdam, ciudades donde ha dejado su huella, sea con el destino de su parte hasta para la desdicha ajena, sea por el trazo que un artista pinta sobre el escorzo de un delantero.

El corazón tiene razones que la razón no entiende y es el úncio que puede explicar al Madrid de las 13 Champions, al campeón de los 13 latidos. [3-1: Narración y estadística]El número 13 no asusta al Madrid, porque no hay 12 más 1 para quien sabe del amor que le profesa el destino, tan ufano y ególatra como seguro y arrebatador. El Liverpool no puede pensar lo mismo, sumadas todas sus desdichas, la lesión de Salah y los errores infantiles de Karius. Quienes abrazan la fe blanca se imantan de su autoestima, sienten que pueden caminar solos, a diferencia de lo que cantan los hinchas de los reds. Cuando observaron la candidez de su portero en contraposición al vuelo de Bale, como el escorzo de un águila imperial, comprendieron cuál es el sentido de la palabra jerarquía, para la que no es necesario un acto completo. Basta un instante, un latido.La lesión de Salah fue como un ansiolítico para un equipo que funciona con la cafeína.

El egipcio, futbolista franquicia del Liverpool, se tumbó en el césped minutos después de un forcejeo con Sergio Ramos, convertido desde entonces en el anticristo de sus aficionados. Quizás Miroslav Mazic pudo señalar falta en la acción, pero poco más. Las lágrimas del egipcio se reprodujeron poco después en el rostro de Carvajal, cuyo llanto era el de un hombre que teme perderse más que la final, quién sabe si el Mundial. Le pasó en Milán, antes de la Eurocopa de Francia, y en Kiev, a pocos días de viajar a Rusia con la selección. El destino que tanto ama al Madrid es maldito para uno de los suyos. Mal asunto.

Arranque 'red'
Las dos circunstancias, sin embargo, no significaban lo mismo en el campo. Para Zidane era un contratiempo; para Klopp era trágico. Con Salah en el campo hasta los 20 minutos, la agresividad y el partido había sido de los reds, según lo esperado en el arranque. Inmediatamente después, se invirtió. No sólo había perdido a su futbolista de mayor calidad y en su equipo anidaba la sensación de orfandad. No. Había ocurrido algo más: el Madrid había olido la sangre. El depredador despertaba.En el plan de Zidane, sin embargo, había otros plazos.

La alineación, con Isco y Benzema, y sin Bale, mostraba sus intenciones. El francés pretendía protegerse con el balón, gracias a futbolistas muy seguros en la posesión y las transiciones, para evitar la carga constante del Liverpool, y con el avanzar del encuentro acelerar el choque. Una final no es únicamente un partido, sino que alberga muchos partidos dentro de sí misma. Habría tiempo para todos, para Bale y Asensio, porque el momento de correr llegaría. El golpe recibido por el Liverpool con la pérdida de su estrella, más emocional que cuantificable, fue el momento de poner mayor ritmo al partido. Hasta entonces, no puede decirse que el Madrid hubiera pasado apuros, pero si alguien se había distinguido en el partido fue Keylor, al salir a los pies de Alexander-Arnold y detener un disparo del mismo jugador, después de una media vuelta de Firmino. El lateral buscó la espalda de Marcelo, tradicional talón de Aquiles del Madrid. Ahí es donde Klopp envió siempre lo mejor que tenía, fueran Salah o Mané, cambiado de banda tras la lesión del egipcio.

El técnico alemán hizo siempre lo que mejor pone en valor a su equipo, al ordenar una presión alta en busca del fallo del Madrid en la salida y armar ocasiones en dos toques. Mientras estuvo sobre el terreno de juego, Salah puso la calidad en y Mané, un diablo a la carrera, la velocidad. Jugar en su campo es temerario para un equipo que no vale lo mismo a uno y otro lado de la medular. Además, sería para Klopp hacer algo que desconoce, porque lo suyo es el frenesí.

Es un entrenador de equipos y de atmósferas. No es extraño, pues, que su Liverpool no sea el mismo en Anfield que fuera de sus muros. La combinación es lo que le hizo llegar hasta Kiev, con actos memorables frente a City y Roma. Lejos no fue lo mismo, pese a su mala suerte y a su capacidad de rehacerse del segundo mazazo que supuso no sólo encajar el primer gol, sino la forma de hacerlo, por el primer error de su portero.Benzema había avanzado al espacio en posible fuera de juego, pero la jugada empezaba de nuevo al acabar el balón en las manos de Karius. Cuando el portero la quiso en poner juego, inocentemente, Benzema colocó el pie y el balón acabó en la red.

El falló de Ulreich, en el Bernabéu, regresaba a la memoria, como si fuera un guiño de la diosa Fortuna. Más lo haría en el tanto definitivo, por sus manos d e manteca ante el disparo de Bale. Estaba ya fuera del partido.La suerte juega, pero cuando llega, te ha de encontrar en el lugar. El francés lo estaba, y justo es ese gol después de un partido enorme, en el que entendió siempre lo que quería su entrenador. Jugó de espaldas, se asoció y buscó la profundidad, aunque sin encontrar siempre a los socios que habría querido. No era el día de Cristiano.

Antes ya había tocado la red en una segunda jugada, pero el portugués estaba en fuera de juego en el remate.

Héroe Bale
La suerte, sin embargo, no es suficiente para una final, no para una Champions en la que el Madrid ha superado sucesivamente a PSG, Juventus, Bayern y Liverpool. Cuando todavía no había tomado conciencia de su desventaja, el Liverpool encontró el gol en una acción a balón parado. A Sergio Ramos le ganaron la partida y Mané, convertido en la mayor amenaza tras la marcha de Salah, se avanzó a Keylor en su coto. Zidane tuvo claro que era el momento de pasar al segundo plan, de correr y pegar.

Isco no había tenido la brillantez, ni la acidez de Benzema, salvo en un disparo al larguero, por lo que fue el elegido para dejar su sitio a Bale. Lo que hizo el francés, en cambio, no estaba en la cabeza de su entrenador. No era posible imaginarlo. Por eso Zidane se rascaba la calva en la banda. No podía creerlo. En un centro de Marcelo, el galés se elevó de espaldas y emuló la chilena de Cristiano en Turín. Puede que no tan perfecta en lo biomecánico, pero bañada con el oro de una final, de un gol de victoria. Bale se ha convertido en un jugador de instantes. Lo tuvo en Lisboa y lo ha tenido en Kiev. El futuro, que parecía en entredicho, quizás no sea el mismo después de la preciosista acción que coronó con un segundo tanto donde sus mértios no fueron comparables a los deméritos de Karius. El triunfo de ningún rey merece un señalamiento semejante.

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